Tercer año: cuando ya no sabes si estás cansada o simplemente no sabes organizarte

Hay un momento en la carrera en el que todo se vuelve raro.

No es el caos del principio, cuando no sabes ni dónde están las clases. Tampoco es el final, donde ya ves la salida. Es una especie de tierra de nadie en la que ya sabes cómo funciona todo… pero ya no tienes ninguna ilusión por ello.

Tercer año es eso.

En teoría tienes menos clases, menos lecturas, más libertad. Suena bien. Durante mucho tiempo piensas que ese momento va a ser más fácil.

Luego llegas, y lo que pasa es otra cosa.

De repente tienes un proyecto. Tienes laboratorio. Tienes que integrarte en un grupo de trabajo que no está para enseñarte, sino para trabajar. Y, sobre todo, tienes que organizarte tú sola.

Y ahí es donde empiezas a notar que algo no encaja.

Porque nadie te dice exactamente qué tienes que hacer. No hay un esquema claro. No hay un “si haces esto, vas bien”. Vas tirando con lo que crees, con lo que intuyes, con lo que preguntas sin querer parecer demasiado perdida.

Y mientras tanto, por dentro, hay una sensación bastante constante de: no tengo muy claro si esto está bien hecho.

Lo del laboratorio tiene algo curioso. No es que sea especialmente difícil —o no siempre—, es que es abierto. Depende de ti. Si te organizas mal, lo pagas. Si no prevés algo, se te cae el día entero. Y eso no tiene nada que ver con estudiar para un examen.

Antes al menos sabías a qué jugabas. Clase, apuntes, estudiar, examen. Ahora no.

Ahora hay huecos raros en el día. Tareas que dependen de otras. Cosas que no sabes cuánto van a durar. Momentos muertos en los que podrías avanzar… pero no sabes muy bien en qué.

Y entonces aparece la frase:

“no sé organizarme”

Que suena a problema personal, pero en realidad es más bien estructural. Porque no es que no sepas organizarte. Es que estás intentando meter orden en algo que, de base, no lo tiene.

Y eso cansa.

Cansa de una forma rara. No es estar físicamente agotada. Es ese tipo de cansancio en el que te sientas a hacer algo y tardas diez minutos en empezar. En el que te distraes con cualquier cosa. En el que todo parece un poco más pesado de lo que debería.

Ahí es donde empiezas a dudar. De si estás haciendo suficiente. De si podrías hacerlo mejor. De si el problema eres tú.

Y claro, si además ya has tenido una mala experiencia —como suspender una asignatura por mala organización—, esa duda pesa más. Porque ya no es algo teórico. Ya sabes que te puede pasar.

Aunque luego la hayas recuperado, da igual. La sensación se queda.

A eso se le suma otra cosa: hay asignaturas que no son difíciles, pero son pesadas. Repetitivas. De esas que estudias y parece que no avanzas. Y cuando tienes poco tiempo y poca energía, esas son las peores. Porque no te enganchan y tampoco puedes ignorarlas.

Mientras tanto, la vida social desaparece sin hacer ruido. No es que hayas decidido no quedar. Es que todo el mundo está igual. Entre clases, proyectos y, en muchos casos, trabajo, coordinarse se vuelve una misión absurda. Siempre hay alguien que no puede. Siempre hay algo pendiente.

Y al final te acostumbras a ese “ya quedamos más adelante” que casi nunca llega.

En medio de todo esto, intentas encontrar formas de no hundirte del todo.

A veces son pequeñas cosas. Como convertir el estudio en algo más llevadero. Lo de hacer tarjetas tipo trivial, por ejemplo, parece una tontería, pero funciona. Porque te obliga a pensar, a entender, a jugar un poco con el contenido en lugar de simplemente leerlo. Y cuando estás cansada, eso marca la diferencia.

También aprendes, a base de golpes, que planificar semanas enteras no sirve de mucho. Sobre el papel queda muy bonito. En la práctica, se rompe el segundo día. Es más útil pensar en qué puedes hacer hoy, con la energía que tienes hoy, y ya.

Y aceptar que va a haber días malos. Días en los que no haces nada útil. Antes eso significaba que ibas fatal. Ahora, simplemente significa que mañana tocará hacer algo, aunque sea poco.

Poco a poco te das cuenta de que en este punto de la carrera no se trata de hacerlo perfecto. Ni siquiera de hacerlo bien todo el tiempo.

Se trata de no abandonarte.

De hacer lo suficiente para seguir avanzando, aunque sea despacio. De asumir que nunca vas a estar completamente al día. Que siempre vas a ir un poco por detrás… pero que eso no significa que estés perdida.

Tercer año no es un sprint. Es más bien una prueba de resistencia rara, en la que nadie te explica muy bien las reglas.

Y al final, lo único que realmente importa es seguir.

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