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No está roto: lo han jubilado por software

Mi teléfono tiene unos seis años.

Es un Xiaomi. No es el móvil más moderno del mundo, evidentemente. No tiene la cámara más espectacular, ni la pantalla más brillante, ni una inteligencia artificial que me haga la compra mientras me canta una nana. Pero funciona. Y no funciona “más o menos”. Funciona bien. La batería aguanta, las llamadas van, WhatsApp va, el navegador va, las fotos salen suficientemente decentes y para el uso real que le doy no tengo ninguna necesidad urgente de cambiarlo.

El problema no es el teléfono.

El problema es que el mundo está empezando a decirle que ya no vale.

Y eso me lleva los demonios.

Porque una cosa es que un aparato se rompa. Eso lo entiendes. Se cae, se moja, la batería muere, la pantalla se queda negra o empieza a ir tan lento que abrir el correo parece arrancar un tractor oxidado. Vale. Entonces te planteas cambiarlo, repararlo o tirarlo por la ventana, según el día.

Pero otra cosa muy distinta es que el aparato funcione perfectamente y aun así se quede fuera de la vida normal porque alguien ha decidido que su software ya no es suficientemente moderno.

Mi móvil corre con Android 11. Para muchas cosas, sigue siendo perfectamente usable. Pero cada vez aparecen más problemas. Alguna app chorra ya no se instala. Alguna app de supermercado se pone exquisita. Esto molesta, pero todavía entra dentro de lo anecdótico. Lo grave viene cuando empiezan a fallar las cosas serias.

Por ejemplo: Microsoft Authenticator.

La universidad usa Microsoft para casi todo. Correo, acceso a servicios, autenticación, plataformas internas, sistemas de seguridad. Y como ahora los estándares de seguridad se han puesto más estrictos, resulta que mi teléfono ya no sirve bien como método de verificación. No porque esté roto. No porque no se encienda. No porque yo sea incapaz de usarlo. Simplemente porque el sistema ha decidido que ese móvil, que ayer era válido, hoy empieza a ser un estorbo.

Incluso he tenido problemas para conectarlo a eduroam, la red universitaria. Menos mal que tengo datos móviles, porque si no, apaga y vámonos.

Y lo peor es que esto no es nuevo. Cuando empecé la universidad ya me pasó algo parecido con el portátil. Tenía un portátil que funcionaba, pero corría con un Windows demasiado antiguo para poder conectarse bien a la red de la uni. Resultado: tuve que comprar un portátil “nuevo”. No porque el viejo no arrancara. No porque no sirviera para escribir, navegar o estudiar. Sino porque la infraestructura digital que me rodeaba había decidido dejarlo atrás.

Eso no es obsolescencia programada en el sentido clásico.

Eso es algo más retorcido.

Es obsolescencia administrativa.

Antes un aparato se quedaba viejo cuando dejaba de funcionar. Ahora se queda viejo cuando una app, una red WiFi, una universidad, un banco o un sistema de autenticación decide que ya no merece conectarse.

Y claro, siempre aparece el argumento de la seguridad.

“Es que hay que actualizar.”

“Es que los sistemas antiguos son inseguros.”

“Es que no puedes pretender usar un móvil viejo para cosas sensibles.”

Vale. No voy a hacerme el tonto. La seguridad importa. Mucho. No quiero que mi banco funcione sobre un sistema lleno de agujeros. No quiero que cualquiera pueda entrar en mi correo. No quiero que una red universitaria acepte cualquier cosa sin control. No estoy defendiendo que todo valga y que podamos seguir usando eternamente sistemas abandonados como si nada.

Pero entre “todo vale” y “cómprate otro móvil porque sí” debería haber un punto medio.

Porque lo que está pasando en la práctica es que la seguridad se está usando muchas veces como una especie de martillo universal. Si algo es antiguo, fuera. Si no recibe actualizaciones, fuera. Si no cumple la última moda de autenticación, fuera. Y el usuario, que quizás tiene un aparato perfectamente funcional, se queda con dos opciones: comprar otro o empezar con apaños.

Y los apaños no siempre son fáciles.

Con un ordenador todavía puedes hacer ciertas cosas si eres un poco mañoso. Puedes instalar Linux, cambiar piezas, ampliar RAM, poner un SSD o incluso forzar la instalación de Windows 11 en un portátil antiguo. Yo mismo lo hice con un viejo HP de 2012 y, contra todo pronóstico, va bastante bien. No es un cohete, pero cumple.

Con los móviles la cosa es mucho más peliaguda.

Sí, puedes rootear. Puedes instalar una ROM alternativa. Puedes intentar alargar la vida del aparato por tu cuenta. Pero entonces viene el siguiente problema: las apps serias pueden detectar que el móvil está modificado y negarse a funcionar. Bancos, pagos, autenticadores, apps oficiales… justo las cosas que necesitas que funcionen.

Así que el mensaje es un poco perverso:

“Actualiza tu móvil para estar seguro.”

Pero si el fabricante no te da actualizaciones, mala suerte.

“Instala otro sistema si sabes.”

Pero si lo haces, igual el banco se enfada.

“Compra menos, cuida el planeta, reduce residuos electrónicos.”

Pero si tu móvil no cumple, compra otro.

Maravilloso.

Y esto no se limita a teléfonos y ordenadores. Pasa con todo.

Hace tres o cuatro años compré una freidora de aire. Una airfryer normal y corriente. Funciona perfectamente. Calienta, cocina, hace lo que tiene que hacer. No hay ningún motivo para tirarla. Pero, ¿qué pasa? Que ya no hay repuestos. El cestillo tiene una forma concreta, los modelos nuevos tienen otra, los accesorios ya no encajan y si algún día necesito una simple pieza, una almohadilla, una bandeja o un recambio tonto, pues resulta que ya no existe.

El aparato funciona, pero el ecosistema a su alrededor ha desaparecido.

Y eso es otra forma de matar productos.

No hace falta que se rompan. Basta con cambiar un poquito la forma, el tamaño, el enganche, el filtro, el cestillo, el cargador, el cartucho, la app o el firmware. De repente, algo que podría durar diez años se convierte en un trasto incómodo a los cuatro.

Esto es especialmente absurdo cuando hablamos de sostenibilidad.

Nos dicen que reciclemos. Que consumamos menos. Que no compremos por comprar. Que pensemos en el planeta. Que seamos responsables. Que no tiremos cosas. Que reduzcamos residuos electrónicos.

Perfecto. Estoy de acuerdo.

Pero entonces no me obligues a cambiar un móvil que funciona.

No me obligues a comprar un portátil nuevo porque una red no acepta el anterior.

No me vendas una freidora que en tres años se queda sin cestillos compatibles.

No me llenes la boca con “economía circular” mientras fabricas productos con fecha de caducidad escondida.

Porque aquí hay una contradicción enorme. El discurso oficial es muy verde, muy sostenible, muy de reparar y reutilizar. Pero la experiencia real del usuario muchas veces es la contraria: todo se vuelve dependiente de software, apps, servidores, cuentas, actualizaciones, piezas propietarias y formatos que cambian.

Antes podías tener una radio durante treinta años. Una batidora hasta que se quemara el motor. Una tostadora durante veinte. Mi abuela aun tiene una de cuando se casó y funciona, carayo! Yo tengo un molinillo de café eléctrico de la misma época, de esos que en su día seguramente parecían tecnología punta. Me lo regalaron unos yayos franceses que conocí una vez cuando se mudaban, y me hizo gracia porque era igual que uno que recordaba de casa de mis abuelos.

Y ahí siguen. Décadas después.

Mientras tanto, yo voy a tostadora nueva cada cinco años como si fuera una suscripción. Puedes tener una bombilla inteligente que deja de ser inteligente porque la app desaparece. Un altavoz que depende de un servicio online. Una impresora que no quiere cartuchos no oficiales. Un móvil que funciona pero no autentica. Un portátil que arranca pero no entra en la red. Una freidora que calienta pero no tiene cesta.

Hemos pasado de aparatos que envejecían por desgaste a aparatos que envejecen por permiso.

Y eso debería preocuparnos.

La Unión Europea está empezando a moverse en la buena dirección. Hay nuevas normas sobre móviles y tablets para que sean más duraderos, más reparables, con repuestos disponibles durante más años y con mejor información para el comprador. También está en marcha el derecho a reparar, que debería facilitar que los consumidores puedan arreglar productos en vez de tirarlos.

Bien. Me parece bien.

Pero sigo pensando que se queda corto si no hablamos también del derecho a seguir usando.

Porque reparar una pantalla no sirve de mucho si luego la app del banco no abre.

Cambiar una batería no sirve de mucho si el fabricante abandonó el software.

Tener un portátil funcional no sirve de mucho si la red institucional lo rechaza.

Tener una airfryer que calienta perfectamente no sirve de mucho si no puedes comprar un cestillo compatible.

El derecho a reparar debería incluir tres cosas: piezas, software y compatibilidad mínima real.

Piezas para arreglar lo físico.

Software para que el aparato no quede abandonado artificialmente.

Compatibilidad para que no te expulsen de servicios básicos solo por no tener el último modelo.

Y ojo, no digo que todo tenga que durar eternamente. Nada dura eternamente. Tampoco pretendo que un móvil de hace quince años tenga que mover apps modernas como si nada. Pero seis años no deberían convertir un teléfono en un problema. Diez años no deberían convertir un portátil en basura. Tres o cuatro años no deberían bastar para que un electrodoméstico se quede sin repuestos.

Hay algo profundamente absurdo en tener que cambiar objetos funcionales porque el mundo digital que los rodea se ha vuelto caprichoso.

Y además es injusto.

Porque para una persona con dinero, cambiar el móvil cada dos o tres años puede ser una molestia, pero no una tragedia. Para un estudiante, un jubilado, una familia con ingresos justos o alguien que simplemente intenta no gastar de más, es otra cosa. No hablamos de caprichos tecnológicos. Hablamos de poder entrar en la universidad, usar el banco, acceder al correo, conectarte a una red o seguir usando un aparato doméstico.

La obsolescencia moderna no solo contamina. También excluye.

Y lo hace de una forma bastante silenciosa. No hay un cartel que diga: “Este móvil será expulsado de tu vida en 2026”. Simplemente un día una app deja de funcionar. Luego otra. Luego no puedes autenticarte. Luego no puedes conectarte. Luego te dicen que el modelo ya no tiene soporte. Luego descubres que no hay recambios. Y al final acabas comprando algo nuevo, no porque quieras, sino porque te han ido cerrando puertas.

Por eso me gusta más hablar de derecho a seguir usando que solo de derecho a reparar.

Porque reparar es arreglar algo roto.

Pero muchas veces el problema es que no está roto.

Lo han jubilado.

Y esa jubilación no siempre tiene que ver con necesidad técnica real. A veces tiene que ver con comodidad empresarial, ciclos de venta, falta de soporte, formatos propietarios, apps mal mantenidas o diseños pensados para durar justo lo suficiente.

Mi móvil no me pide una cámara mejor. No me pide más megapíxeles. No me pide una pantalla plegable. No me pide inteligencia artificial generativa. Me pide, básicamente, que le dejen seguir haciendo su trabajo.

Y yo también.

No necesito que todos mis aparatos sean eternos. Solo necesito que no los maten antes de tiempo.

Porque si de verdad queremos sostenibilidad, el producto más ecológico no siempre es el nuevo con etiqueta verde. Muchas veces es el que ya tienes en la mano y todavía funciona.

Así que sí: quiero derecho a reparar.

Pero también quiero derecho a no comprar.

Derecho a mantener.

Derecho a actualizar sin ser rehén del fabricante.

Derecho a usar un dispositivo viejo mientras sea razonablemente seguro.

Derecho a que existan repuestos básicos durante años.

Derecho a que una simple cesta, una app o un estándar de autenticación no conviertan en basura algo que ayer funcionaba perfectamente.

Nos dicen que no tiremos cosas por capricho.

Perfecto.

Entonces que dejen de fabricar caprichosamente motivos para tirarlas.

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